martes, 12 de octubre de 2010

La dignidad es un derecho más.

Recientemente tuve la oportunidad de participar en una construcción masiva de la ONG “Un Techo Para mi País”, Aquí una pequeña y rápida crónica que realicé para intentar estampar un poco de qué se trató la experiencia.


Hace unas semanas hubo una ONG que cambió el paisaje del centro de la ciudad. Cualquiera que haya pasado por 9 de Julio y Juncal seguramente vio una “Casa en el Aire”, construida a 12 metros de altura. La pregunta que realizaba la ONG desde un cartel era simple: ¿Esto tenemos que hacer para que te des cuenta? Y la respuesta era más razonable aún: Una vivienda no tendría que ser inalcanzable.

Es viernes y son las 8 de la noche. Alrededor de mil voluntarios se congregan en un galpón de Palermo Hollywood para partir hacia los destinos indicados. El sistema es fácil: a cada voluntario se le asigna un grupo de pertenencia que puede ser “solidaridad” (el que me tocó), “paz” o “compartir”, entre otros. Cada grupo se sube a su micro correspondiente, que partirá a un barrio de emergencia donde se construirán alrededor de 15 casas.

Al subirnos al micro Solidaridad los mates y las charlas proliferan automáticamente, algunos ya se conocen de otras construcciones, otros son nuevos y bien recibidos.

“De eso se trata lo que quisimos mostrar con la casa en la altura, de hacer que las cosas no sean inalcanzables para algunos. Nosotros trabajamos junto a familias que viven en barrios de emergencia para que a través de un esfuerzo en conjunto puedan mejorar su calidad de vida”, me cuenta mientras viajamos Gonzalo Lynch, quien será el “monitor” del barrio en que se construirá. El monitor de un barrio es quien tendrá la misión de patrullar las distintas construcciones controlando que todo vaya bien.

El barrio en que me tocó realizar la construcción queda en La Matanza, en el kilómetro 35 de la ruta 3 y tiene un nombre tristemente célebre: Nicole. “Se llama así por la frase "Ni colectivo ni colegio...", es que cuando se empezó a formar el asentamiento no había nada, ahora al menos ya hay un colegio”, cuenta Alberto Rafael, que al otro día pasaría a ser el jefe de la cuadrilla de nueve personas en la que construí.

El paisaje de Nicole me resultó más que preocupante. No hay calles pavimentadas, no hay agua potable y no hay electricidad. Como si esto fuera poco en los límites del barrio se observan las irónicamente llamadas “Sierras de Nicole”. La ironía responde a que no son más que montañas de desechos que arroja el CEAMSE diariamente. A partir de esto queda claro que el nivel de polución en el aire y en las napas de la zona es inmenso. Lupus, púrpura, leucemia, distrofia muscular, y retrasos madurativos son solo algunas de las enfermedades que sufren los niños del barrio.


La cuadrilla en la que participé con Mia (segunda desde la derecha)

“Chicos hace dos años que estaba esperándolos, no saben lo feliz que me hace que vengan”, fue la bienvenida de Maia, la chica de 20 años a la que le construiríamos la casa.

“La idea de la etapa construcción tiene un eje fundamental que nunca hay que perder de cuenta: esto no es beneficencia. Así queremos que lo entienda el dueño de la casa, queremos que sepa que se lo merece, que se lo ganó, por eso los inducimos a que nos ayuden”, dice Mariana Paez, jefa de logística de la construcción.

El primer día de construcción está destinado a poner nivelados los quince pilotes sobre los que se construirá la casa. Moler piedras, cavar, medir y tapar. El proceso resulta agotador y frustrante dado que lograr que los pilotes estén nivelados por momentos parece imposible.


El equipo trabajando

“Lo importante que tienen que entender los voluntarios, es que la casa es apenas un paso, la cosa no es venir un fin de semana construir e irse. El techo propone mesas de trabajo con el barrio, que vengan a detectar todos los sábados quienes necesitan casa, talleres de apoyo escolar para los chicos”, nos explica mientras cenamos Fany Abad, encargada de un taller de arte para los chicos del barrio.

El sábado, segundo día de construcción, es menos cansador pero más intenso. Vigas, piso, paredes, aislantes, techo, puerta y ventanas; todo se instala en horas. Chicos y chicas que a las 7 de la mañana agarraban un martillo por primera vez, ocho horas después se trepaban por los techos lanzando gritos como “Pasame un clavo de 2 y uno de 5”.

Al final del domingo llegó el momento de la inauguración. “Al principio estaba preocupada de que no vinieran, después de que no lleguemos a terminar la casa, pero ahora que la casa está lista no lo puedo creer”, dijo entre lagrimas Maia en el momento de entrar a la casa finalizada. La respuesta de la cuadrilla estuvo en boca del jefe, Alberto Rafael: “La casa te la ganaste, te la mereces, es tuya, nosotros apenas te ayudamos e construirla”.