Hace poco encontré este video donde una vez más Eduardo Galeano se despacha con una serie de reflexiones de un nivel superlativo. En este caso se centra principalmente en realizar una serie de consideraciones sobre el gobierno de Hugo Chavez.
En lo personal, y a pesar de no creer que es un dictador ni nada por el estilo, no soy un gran admirador del presidente de Venezuela, pero Galeano es de esas personas que cuando hablan me hacen reflexionar y generan que dude hasta de mis propios pensamientos.
En fin, veanló y saquen sus propias conclusiones:
miércoles, 30 de junio de 2010
viernes, 18 de junio de 2010
El debate de los argumentos

"La unión entre un hombre y una mujer es racional porque el resultado es la procreación, que asegura la perpetuidad de la especie" - Mario Merlo, diputado por el Peronismo Federal
"Y no lo hago en contra de nadie, sino en defensa honesta y a favor de lo que considero mejor para la sociedad. Estoy convencida de que, cuando se habla de matrimonio homosexual, se pone en juego la familia". - Cynthia Hotton, diputada por Valores para mi País
"La ley, más allá de sus artículos, pretende alterar un orden jurídico, redefiniendo la institución del matrimonio y generando una transgresión al orden procreativo" - Gabriel Limodio, decano de la facultad de Derecho de la Universidad Católica Argentina
Las voces a favor y en contra del matrimonio homosexual abundan, sorpresivamente, casi por igual. Lo sorpresivo deviene en un sentimiento de alegria, ya que los proyectos de este tipo, impulsados en sociedades latinoamericanas, suelen terminar "cajoneados" en las cámaras del congreso.
Ahora bien, lo que no me deja de sorprender son las argumentaciones en contra de permitir medidas de este tipo, que claramente contribuirían a igualar derechos, para formar una sociedad cada vez más democrática e inclusiva.
Los argumentos en contra, desde mi punto de vista, no presentan ningún tipo de "maldad intrinseca", sino más bien algún tipo de "intolerancia sistemática". Decir que aprobar el matrimonio homosexual es "poner en juego la familia", es el reflejo de una mentalidad poco propenza a los cambios.
Pensar que hay una sola forma de concebir la sociedad como tal, es querer que todo siga igual, tal vez por el hecho de "sentirse cómodo" en esa posición. Pero la familia como institución no fué siempre igual, ha cambiado con el correr del tiempo, y asi debe seguir ¿O alguien tiene dudas de que fue un acierto permitir el divorcio pocos años atrás?
Otras voces recurren a argumentos del tipo "biológicos" haciendo alusión a que "distorsionar" la institución de la familia altera el orden de la "procreación". Un argumento de este tipo no resiste mucho análisis. Decir que la especie se va a poner en riesgo por permitir que los homosexuales se casen y adopten, analógicamente es lo mismo que prohibir que se case la gente esteril.
Los argumentos en contra que recurren al "orden natural de las cosas" me hace acordar a un conocido texto del sociólogo Josep Vincent Marques llamado "No es Natural" del cual extraigo un parrafo:
Lo que hacemos no es, sin embargo, La Vida. Muy pocas cosas están programadas por la biología. Nos es preciso, evidentemente, comer, beber y dormir; tenemos capacidad de sentir y dar placer, necesitamos afecto, y valoración por parte de los otros, podemos trabajar, pensar y acumular conocimientos. Pero cómo se concrete, todo eso depende de las circunstancias sociales en las que somos educados, maleducados, hechos y deshechos. Qué y cuántas veces y a qué horas comeremos y beberemos, cómo buscaremos o rechazaremos el afecto de los otros, qué escalas y qué valores utilizaremos para calibrar amigos y enemigos, qué placeres nos permitiremos y a cuáles renunciaremos, a qué dedicaremos nuestros esfuerzos físicos y mentales, son cosas que dependen de cómo la sociedad -una sociedad que no es nunca la única posible, aunque no sean posibles todas- nos las defina, limite, estimule o proponga. La sociedad nos marca no sólo un grado de concepto de satisfacción de las necesidades sino una forma de sentir esas necesidades y de canalizar nuestros deseos.
Pensar que la forma en que esta dado el matrimonio en la actualidad denota "naturalidad", como si "vieniera de fábrica" de alguna manera particular, es ignorar que en realidad no es más que una construcción social, como casi todo lo és. La forma en que funciona un matrimonio depende de circunstancias sociales, históricas y principalmente culturales. Cuando se debaten cuestiones sociales casi nada es "natural" como lo quieren hacer parecer algunos conservadores al apuntar argumentos biológicos y cientistas.
Un excelente texto que salió el domingo pasado en el suplemente Radar de Página 12 muestra impecablemente como se escribiría hoy una nota de opinión si la evolución social hubiera sido distinta:
"Y no lo hago en contra de nadie, sino en defensa honesta y a favor de lo que considero mejor para la sociedad. Estoy convencida de que, cuando se habla de matrimonio homosexual, se pone en juego la familia". - Cynthia Hotton, diputada por Valores para mi País
"La ley, más allá de sus artículos, pretende alterar un orden jurídico, redefiniendo la institución del matrimonio y generando una transgresión al orden procreativo" - Gabriel Limodio, decano de la facultad de Derecho de la Universidad Católica Argentina
Las voces a favor y en contra del matrimonio homosexual abundan, sorpresivamente, casi por igual. Lo sorpresivo deviene en un sentimiento de alegria, ya que los proyectos de este tipo, impulsados en sociedades latinoamericanas, suelen terminar "cajoneados" en las cámaras del congreso.
Ahora bien, lo que no me deja de sorprender son las argumentaciones en contra de permitir medidas de este tipo, que claramente contribuirían a igualar derechos, para formar una sociedad cada vez más democrática e inclusiva.
Los argumentos en contra, desde mi punto de vista, no presentan ningún tipo de "maldad intrinseca", sino más bien algún tipo de "intolerancia sistemática". Decir que aprobar el matrimonio homosexual es "poner en juego la familia", es el reflejo de una mentalidad poco propenza a los cambios.
Pensar que hay una sola forma de concebir la sociedad como tal, es querer que todo siga igual, tal vez por el hecho de "sentirse cómodo" en esa posición. Pero la familia como institución no fué siempre igual, ha cambiado con el correr del tiempo, y asi debe seguir ¿O alguien tiene dudas de que fue un acierto permitir el divorcio pocos años atrás?
Otras voces recurren a argumentos del tipo "biológicos" haciendo alusión a que "distorsionar" la institución de la familia altera el orden de la "procreación". Un argumento de este tipo no resiste mucho análisis. Decir que la especie se va a poner en riesgo por permitir que los homosexuales se casen y adopten, analógicamente es lo mismo que prohibir que se case la gente esteril.
Los argumentos en contra que recurren al "orden natural de las cosas" me hace acordar a un conocido texto del sociólogo Josep Vincent Marques llamado "No es Natural" del cual extraigo un parrafo:
Lo que hacemos no es, sin embargo, La Vida. Muy pocas cosas están programadas por la biología. Nos es preciso, evidentemente, comer, beber y dormir; tenemos capacidad de sentir y dar placer, necesitamos afecto, y valoración por parte de los otros, podemos trabajar, pensar y acumular conocimientos. Pero cómo se concrete, todo eso depende de las circunstancias sociales en las que somos educados, maleducados, hechos y deshechos. Qué y cuántas veces y a qué horas comeremos y beberemos, cómo buscaremos o rechazaremos el afecto de los otros, qué escalas y qué valores utilizaremos para calibrar amigos y enemigos, qué placeres nos permitiremos y a cuáles renunciaremos, a qué dedicaremos nuestros esfuerzos físicos y mentales, son cosas que dependen de cómo la sociedad -una sociedad que no es nunca la única posible, aunque no sean posibles todas- nos las defina, limite, estimule o proponga. La sociedad nos marca no sólo un grado de concepto de satisfacción de las necesidades sino una forma de sentir esas necesidades y de canalizar nuestros deseos.
Pensar que la forma en que esta dado el matrimonio en la actualidad denota "naturalidad", como si "vieniera de fábrica" de alguna manera particular, es ignorar que en realidad no es más que una construcción social, como casi todo lo és. La forma en que funciona un matrimonio depende de circunstancias sociales, históricas y principalmente culturales. Cuando se debaten cuestiones sociales casi nada es "natural" como lo quieren hacer parecer algunos conservadores al apuntar argumentos biológicos y cientistas.
Un excelente texto que salió el domingo pasado en el suplemente Radar de Página 12 muestra impecablemente como se escribiría hoy una nota de opinión si la evolución social hubiera sido distinta:
Estoy completamente a favor de permitir el matrimonio entre católicos. Me parece una injusticia y un error tratar de impedírselo.
El catolicismo no es una enfermedad. Los católicos, pese a que a muchos no les gusten o les parezcan extraños, son personas normales y deben poseer los mismos derechos que los demás, como si fueran, por ejemplo, informáticos u homosexuales.
Soy consciente de que muchos comportamientos y rasgos de carácter de las personas católicas, como su actitud casi enfermiza hacia el sexo, pueden parecernos extraños a los demás. Sé que incluso, a veces, podrían esgrimirse argumentos de salubridad pública, como su peligroso y deliberado rechazo a los preservativos. Sé también que muchas de sus costumbres, como la exhibición pública de imágenes de torturados, pueden incomodar a algunos. Pero esto, además de ser más una imagen mediática que una realidad, no es razón para impedirles el ejercicio del matrimonio.
Algunos podrían argumentar que un matrimonio entre católicos no es un matrimonio real, porque para ellos es un ritual y un precepto religioso ante su dios, en lugar de una unión entre dos personas. También, dado que los hijos fuera del matrimonio están gravemente condenados por la Iglesia, algunos podrían considerar que permitir que los católicos se casen incrementará el número de matrimonios por “el qué dirán” o por la simple búsqueda de sexo (prohibido por su religión fuera del matrimonio), incrementando con ello la violencia en el hogar y las familias desestructuradas. Pero hay que recordar que esto no es algo que ocurra sólo en las familias católicas y que, dado que no podemos meternos en la cabeza de los demás, no debemos juzgar sus motivaciones.
Por otro lado, el decir que eso no es matrimonio y que debería ser llamado de otra forma no es más que una manera un tanto ruin de desviar el debate a cuestiones semánticas que no vienen al caso: aunque sea entre católicos, un matrimonio es un matrimonio, y una familia es una familia.
Y con esta alusión a la familia paso a otro tema candente sobre el que mi opinión, espero, no resulte demasiado radical: también estoy a favor de permitir que los católicos adopten hijos.
Algunos se escandalizarán ante una afirmación de este tipo. Es probable que alguno responda con exclamaciones del tipo “¿Católicos adoptando hijos? ¡Esos niños podrían hacerse católicos!”.
Veo ese tipo de críticas y respondo: si bien es cierto que los hijos de católicos tienen mucha mayor probabilidad de convertirse a su vez en católicos (al contrario que, por ejemplo, ocurre en la informática o la homosexualidad), ya he argumentado antes que los católicos son personas como los demás.
Pese a las opiniones de algunos y a los indicios, no hay pruebas evidentes de que unos padres católicos estén peor preparados para educar a un hijo, ni de que el ambiente religiosamente sesgado de un hogar católico sea una influencia negativa para el niño. Además, los tribunales de adopción juzgan cada caso individualmente, y es precisamente su labor determinar la idoneidad de los padres.
En definitiva, y pese a las opiniones de algunos sectores, creo que debería permitírseles también a los católicos tanto el matrimonio como la adopción.
Exactamente igual que a los informáticos y a los homosexuales.
Este apoyo al matrimonio entre católicos circula por Internet y gana adhesiones que se cuentan de a cientos.
Las sociedades cambian, para adelante, para atrás, mejorando y empeorando constantemente. El matrimonio homosexual es una cuenta pendiente a la cual hay que darle una chance dejando los prejuicios conservadores de lado.
El catolicismo no es una enfermedad. Los católicos, pese a que a muchos no les gusten o les parezcan extraños, son personas normales y deben poseer los mismos derechos que los demás, como si fueran, por ejemplo, informáticos u homosexuales.
Soy consciente de que muchos comportamientos y rasgos de carácter de las personas católicas, como su actitud casi enfermiza hacia el sexo, pueden parecernos extraños a los demás. Sé que incluso, a veces, podrían esgrimirse argumentos de salubridad pública, como su peligroso y deliberado rechazo a los preservativos. Sé también que muchas de sus costumbres, como la exhibición pública de imágenes de torturados, pueden incomodar a algunos. Pero esto, además de ser más una imagen mediática que una realidad, no es razón para impedirles el ejercicio del matrimonio.
Algunos podrían argumentar que un matrimonio entre católicos no es un matrimonio real, porque para ellos es un ritual y un precepto religioso ante su dios, en lugar de una unión entre dos personas. También, dado que los hijos fuera del matrimonio están gravemente condenados por la Iglesia, algunos podrían considerar que permitir que los católicos se casen incrementará el número de matrimonios por “el qué dirán” o por la simple búsqueda de sexo (prohibido por su religión fuera del matrimonio), incrementando con ello la violencia en el hogar y las familias desestructuradas. Pero hay que recordar que esto no es algo que ocurra sólo en las familias católicas y que, dado que no podemos meternos en la cabeza de los demás, no debemos juzgar sus motivaciones.
Por otro lado, el decir que eso no es matrimonio y que debería ser llamado de otra forma no es más que una manera un tanto ruin de desviar el debate a cuestiones semánticas que no vienen al caso: aunque sea entre católicos, un matrimonio es un matrimonio, y una familia es una familia.
Y con esta alusión a la familia paso a otro tema candente sobre el que mi opinión, espero, no resulte demasiado radical: también estoy a favor de permitir que los católicos adopten hijos.
Algunos se escandalizarán ante una afirmación de este tipo. Es probable que alguno responda con exclamaciones del tipo “¿Católicos adoptando hijos? ¡Esos niños podrían hacerse católicos!”.
Veo ese tipo de críticas y respondo: si bien es cierto que los hijos de católicos tienen mucha mayor probabilidad de convertirse a su vez en católicos (al contrario que, por ejemplo, ocurre en la informática o la homosexualidad), ya he argumentado antes que los católicos son personas como los demás.
Pese a las opiniones de algunos y a los indicios, no hay pruebas evidentes de que unos padres católicos estén peor preparados para educar a un hijo, ni de que el ambiente religiosamente sesgado de un hogar católico sea una influencia negativa para el niño. Además, los tribunales de adopción juzgan cada caso individualmente, y es precisamente su labor determinar la idoneidad de los padres.
En definitiva, y pese a las opiniones de algunos sectores, creo que debería permitírseles también a los católicos tanto el matrimonio como la adopción.
Exactamente igual que a los informáticos y a los homosexuales.
Este apoyo al matrimonio entre católicos circula por Internet y gana adhesiones que se cuentan de a cientos.
Las sociedades cambian, para adelante, para atrás, mejorando y empeorando constantemente. El matrimonio homosexual es una cuenta pendiente a la cual hay que darle una chance dejando los prejuicios conservadores de lado.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
